Atavismos del docente



En una conferencia, al cierre del pasado milenio, Hans-Georg Gadamer afirmó que “educar es educarse, que la formación es formarse”.[1] Frase con la que nuestro filósofo definía la autogogía y el verdadero propósito de la pedagogía en las aulas académicas: comunicación en diálogo. Es decir: aprender a través de la conversación para que la educación no se empobrezca. Con esto, Gadamer nos hablaba fundamentalmente de las funciones del acto pedagógico: discurso y saber integrador. Como sabemos, estas funciones en su acción comunicativa remiten también a las tres funciones constitutivas del lenguaje que son la reproducción cultural, la socialización y la integración social. En este sentido, la pedagogía se circunscribe igualmente a estas funciones anteriores. Puesto que la escuela reproduce el aparato cultural, evidentemente caracterizado por determinadas ideas y relaciones sociales. En efecto, la praxis pedagógica se compone de interacciones concretas que dan cuenta de una realidad didáctica, revelada por ejemplo, en el lenguaje de los docentes y alumnos. Interacción áulica que el educador debiera interpretar, puesto que el alumno igualmente nos está interpretando regularmente. A este respecto, Klafki señala que cuando:


…se elaboran planes de estudios, directrices y currículos, cuando se crean escuelas, cuando se construyen teorías didácticas o se enseñan sistemas didácticos, cuando los profesores discuten entre sí los fines, los métodos o los medios de su enseñanza, cuando profesores y alumnos y éstos entre sí se relacionan en el plano de la comunicación y de la interacción…cuando se discute o se disputa sobre las funciones de la escuela en una determinada situación, sobre las reformas escolares, sobre los procedimientos de exámenes o de selección, cuando los alumnos se muestran poco inclinados a aprender, se niegan a colaborar o se oponen a las exigencias u ofertas de la escuela, en una palabra, cuando se desarrolla la praxis didáctica y/o la teoría didáctica, todo ello equivale a expresar, establecer, comunicar, realizar, discutir y disputar sobre significados, interpretaciones y relaciones de sentido de  tipo pedagógico. [2]

La pedagogía entonces nos permite encontrar las acciones significativas sobre lo que interpretamos de la realidad educativa. Este acto educante encamina a los alumnos hacia una comprensión en proceso, desde la cual se les da continuidad de su formación hacia un juicio reflexionante. En este marco interpretativo, nos relacionamos mejor con nuestros estudiantes porque le ofrecemos un mayor sentido a sus aprendizajes. Ahora bien, ¿sin este marco interpretativo qué atavismos reaparecen en nuestra vida docente? Uno de los primeros que se muestran son las malas experiencias pasadas que no implicarán ningún cambio. Tal como sucede con el Nuevo Modelo Educativo que mantiene el pasado pero no elimina sus males, y "tampoco tiene presente, porque no reconocen las condiciones reales del sistema educativo, las características de los diversos actores”.[3] En México, la dimensión pedagógica se contempla como el corazón de este Nuevo Modelo Educativo 2016. Con él se busca poner a la escuela en el centro del sistema escolar. Se propone entonces un planteamiento pedagógico que dice sustentarse bajo una dimensión filosófica, cuya finalidad es educar de acuerdo a los principios y valores de un nuevo humanismo. En relación con esto, bien cabría educar mejor en virtudes, pues son éstos los que contribuyen a darle sentido a los valores. Como lo ha dicho Mauricio Beuchot “el valor es abstracto mientras que la virtud es concreta y práctica”. Asimismo, se enfatiza la educación como un proceso fáctico en el que se contempla hacer pensar al alumno en su contexto local, para perfilarlo después hacia un contexto global. No obstante, la ética del rendimiento como optimismo del progreso, lo domina todo, y las especializaciones en los currículos van en aumento, y en consecuencia se olvida que la formación es un proceso que se desarrolla lentamente pues al igual que la evolución, la naturaleza educativa no puede dar saltos en el tiempo. 

Ángel Díaz Barriga acota que “en realidad, el modelo expresa una especie de tipo ideal weberiano: presenta un ciudadano ideal, un ciudadano global. Al respecto, me parece que exhiben muy poca sensibilidad sobre lo que es este país”.[4] Igualmente, este planteamiento pedagógico según toma en cuenta el progreso científico, contemplado en lo cognitivo, en los niveles de inteligencia y de aprendizaje. Sin embargo, los avances pedagógicos conseguidos, están a nuestro parecer en franca contradicción con el enfoque de competencias: base pedagógica de este Nuevo Modelo Educativo que pone más que nada a la escuela en el centro de una pedagogía empresarial, donde para el alumno el tiempo en el aula es dinero. Lo conceptual es la evidencia. Términos como “gobernanza, liderazgo, calidad, gestión, etc”, delatan que tal enfoque está sustentado en una lógica eficientista y de competitividad que parece cerrar más el diálogo entre maestro y alumno, para abrir más el acuerdo entre ambos en rendimiento humano por horas-clase. Por lo tanto, el enfoque pedagógico de competencias, está ligado en gran parte a los cambios sociales, económicos y políticos que nos dictan los capitanes del dinero en el país. Díaz Barriga deja en claro que el Nuevo Modelo Educativo responde más a una coyuntura política en particular. ¿Cómo importará entonces la enseñanza dentro de la escuela si ésta se halla ausente desde hace tiempo de la ciudad? ¿Qué será de un joven si la ciudadanía con sus conductas, contradice constantemente la enseñanza escolar?  Aquí volvemos a un viejo atavismo del docente: no se consigue despertar el placer por aprender si se persiste en una pedagogía que afinca más el valor de un programa de Netflix  que en su exposición de clase.


La posmodernidad o modernidad líquida, que no es otra cosa que la era del vacío, posee rasgos bastantes claros, frente a los cuales, crece sin sentido la pérdida de la cohesión social. La gente ha dejado de entablar diálogos. Particularidad humana en la cual Platón halló mucho conocimiento y enseñanza. Octavi Fullat en su obra Filosofía de la educación, enumera estos rompediálogos: 1. Desencanto de la razón, 2. Perdida de fundamento, 3. Incredulidad ante los grandes relatos de la Humanidad, 4. Disolución del sentido de la Historia, 5. Estetizacion general de la vida. Y ante esto, la solución es la comunicación como el reconocimiento del otro. 
A propósito, Fullat nos cuenta un gran relato de la humanidad al principio de su libro. Cuento que bien viene al caso en este momento para ir cerrando nuestro diálogo:

El ciclope Polifemo de la Odisea con su único ojo frontal simboliza el instinto y la pasión con que se rigen las fuerzas oscuras de la naturaleza. Polifemo es la elemental negación del Otro. Ulises en cambio es aquel que señorea la palabra. Ulises, el astuto, controla la situación haciendo reír a los restantes ciclopes cuando Polifemo grita: “Nadie me mata”. Para el bestia Polifemo la frase es positiva ya que Ulises le ha dicho que su nombre es: Nadie. En cambio para cuantos escuchan la frase resulta negativa. Triunfa quien domina el lenguaje; es decir, el civilizado. Lo que separa al bruto Polifemo del culto Ulises es la educación. El primero es solo naturaleza; el segundo en cambio es un pedazo de naturaleza civilizado.[5]

Parafraseando al filósofo catalán: Educar, es poner a circular las palabras que complementen el presente del educando, para que sin atavismos, y en un diálogo consigo mismo, pueda preguntarse: ¿Qué va a ser de mí?



[1] Hans-Geor Gadamer, La educación es educarse (Barcelona: Paidós, 2000).
[2] Wolfgang Klafki, Revista de educación, núm. 280, España, mayo-agosto de 1986, pp. 37-79
[3] H. Casanova, Á. Díaz-Barriga, A. Loyo, R. Rodríguez y M. Rueda, El modelo educativo 2016: un análisis desde la investigación educativa, Perfiles Educativos | vol. XXXIX, núm. 155, 2017 | IISUE-UNAM.
[4] Ibid.,
[5] Octavi Fullat, Filosofía de la educación (Madrid: Síntesis, 2000), pp. 20-21.

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